El Médico

¡ Nuevo Libro !

En los bosques de la Inglaterra del siglo XIX, la existencia transcurre de manera apacible para un viejo que vive en una cabaña, donde la lluvia y la espesura son las encargadas de tapar los recuerdos. Pero los fogonazos de una noche de tormenta hacen aparecer a unos jóvenes extraños que buscan refugio y respuestas. Son dos chicos y una chica, que vienen del otro lado del mar, y que al final de su periplo creen haber encontrado en aquel anciano a un personaje que desapareció de las narraciones que sus padres contaban, muchos años atrás. Le llamaban Gall, El Escocés, y los muchachos están seguros de que en la vida de este hombre se encuentran las piezas que terminarán de hacer encajar las historias que habían escuchado cuando eran niños.

La Torre Inacabada es una historia de amor, aventuras y supervivencia ambientada en las postrimerías del siglo XVIII, en la que su protagonista, Alai MacLean, emprenderá una huida desde su Escocia natal a la Luisiana española. Pasará por Málaga, Cádiz y La Habana, para acabar en La Florida, interviniendo finalmente en la batalla de Panzacola y contribuyendo al nacimiento de una nueva nación; los Estados Unidos de Norteamérica.

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Mi tsi a-da-zi

El Río de la Roca Amarilla

Una tarde lluviosa, la policía trae al Hospital Psiquiátrico del Dr. Mayer, un vagabundo muy extraño. Dice llamarse Elmer y lo han encontrado andando sin rumbo y diciendo cosas sin sentido, mientras enseñaba un disco azul que llevaba dentro de la mochila que acarreaba a su espalda. Cuando intentaron quitárselo, se abalanzó sobre ellos y tuvieron que reducirlo. Llegó al hospital con algunas magulladuras y visiblemente excitado, y solo acertaba a decir que venía de muy lejos y que tenía que comunicar a la humanidad todo lo que la amenazaba.
Diagnosticado de esquizofrenia paranoide, Elmer permaneció ingresado durante varios años hasta que el Dr. Granfoo descubrió un aparato, recientemente lanzado al mercado, que parecía ser capaz de leer el disco azul de aquel enfermo que tanto le intrigaba. Y aunque en un principio, sólo deseaba conocer la enfermedad que padecía y el modo en que había creado aquella fábula en su mente paranoica, la inmersión en el relato que el disco azul contiene, le hace descubrir, junto a su mujer Marta, cómo el viejo llegó allí. Ambos irán desgranando una narración misteriosa hasta llegar a un final aterrador.

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Editorial ViaMagna – Julio 2008

En el siglo III, desde los confines de las Islas Británicas surge una leyenda. Un muchacho de origen desconocido se convertirá en el héroe de su pueblo y sus hazañas anidarán en la memoria de la gente como un símbolo de esperanza y libertad.

Durante una incursión pirata, Horsa es abandonado por sus compañeros en las costas de la antigua Caledonia, luego del ataque a un poblado ribereño que concluye en una terrible matanza. Solo, hambriento, apesadumbrado, el joven se aferra con todas sus fuerzas a lo único que le queda: su propia vida. Oculto entre los bosques, perseguido por el ejército romano y los clanes nativos, conocerá el amor y el odio, la fidelidad y la traición, la libertad y la esclavitud. A pesar de los obstáculos, una fuerza inquebrantable lo impulsa a continuar: el deseo de regresar a su hogar.

La leyenda de Britania es un relato de aventuras excitante y conmovedor. Una epopeya de la honra, el amor y los sueños de libertad. Un viaje trepidante y arrollador al corazón de los lejanos bosques británicos en donde el lector descubrirá el fascinante encanto de las antiguas narraciones germánicas y las grandes hazañas de sus héroes legendarios.

Sobre el autor...

Málaga (1954). Licenciado en Medicina y Cirugía por la UMA.
Comenzó a gestar esta novela en 2002, año en que hizo un viaje a muchos de los lugares que aparecen en la narración, ubicados en Inglaterra y Escocia, con un interés especial en la muralla de Adriano de la que quedan aún abundantes restos en pie. En 2005 visitó el norte de Alemania, Dinamarca y el río Elba, para en 2006 terminar el relato de unos personajes, ya compañeros inseparables de su imaginación.

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La señorita Pe

Antonio E. Castillo Gómez

-Oye Esteban, ¿hace mucho tiempo que estás aquí? -dijo la señorita Pe.

-Pues… -respondió dudando- hace ya un rato, seño. Desde que entramos en clase -aclaró al tiempo que muchos compañeros se reían de manera socarrona.

La señorita Pe los miró con cara muy seria y todos callaron instantáneamente. Luego, dulcificó ligeramente su mirada para volver a observar al chico.

-Ya, es que… no te he visto hasta ahora.

Esteban era delgado y algo alto para su edad. Llevaba unos pantalones cortados por encima de las rodillas, que parecía quedarle un poco pequeño. Algunas costras en sus piernas hablaban bien a las claras de que arrastrase por el suelo era una de sus aficiones favoritas y, más concretamente, las canicas. Era muy hábil con ellas y, en los últimos tiempos, pocos niños querían jugar con él porque su destreza le hacía ganar la mayor parte de las veces.

-Pues no sé, seño, no sé; llevo aquí desde que empezamos la clase.

Esteban miró por los cristales porque unos nubarrones oscuros llenaban gran parte de las ventanas cuyas contraventanas estaban ligeramente entrecerradas. Apoyó su barbilla entre las manos y continuó observando el cielo que se preparaba para un día lluvioso. La seño inició un coro donde todos los niños cantarían las tablas de multiplicar porque también ella se había contagiado de aquella tarde oscura y quería que el tiempo transcurriera lo más rápidamente posible. Pero Esteban tenía tiempo; tiempo para pensar, para aprender y para imaginar, algo de lo que quizás la señorita Pe, carecía.

-… dos por diez, veinte, tres por una, tres …

Las voces infantiles se elevaban al techo de la habitación mientras la señorita Pe hacía pasar los minutos, uno detrás de otro, con una cadencia exacta y repetitiva. Era una mujer muy mayor, pensaba Esteban, una vieja, con un pequeño coco en su cabeza que se movía con rapidez cuando se enfadaba, que era la mayor parte del tiempo. Tenía muchas arrugas, porque el niño pensaba que aquel mal humor se las había producido. Y además, siempre contaba las mismas cosas sobre los mismos problemas. Ahora el chico miró a la seño que, igual que él, miraba por la ventana, aunque estaba seguro de que no veían lo mismo. Cuando él veía los nubarrones, pensaba en su cabaña, una que habían construido cerca de su casa y en todas las posibilidades de juego que podría encontrar. Llamaría a su amigo Carlos y, juntos, pasarían una tarde de aventuras y emociones.

Pero, ¿en qué pensaría la seño?, se dijo Esteban. La observó de nuevo y vio en sus ojos… ¿tristeza? No, la seño no era triste, era …¿aburrida? ¡Sí, eso!, se dijo, está ¡aburrida!

Entonces al niño se le iluminó la cara: no eran las arrugas lo que nos diferencia, no. No era el coco de su cabeza -Esteban se sonrió-, tampoco. No era, ni siquiera, su edad, era…, era ¡que estaba aburrida!

Seño! -dijo Esteban dando un brinco y levantando la mano.

Todos los niños se callaron de repente, sorprendido por la actitud del muchacho que osaba interrumpir una clase de… matemáticas. Luego, todos miraron a la señorita Pe cuyo semblante se tensó mientras observaba al chico.

-Espero que tengas una buena razón para interrumpir a toda la clase, Esteban -dijo con la voz gruesa que ella ponía cuando iba a regañar a alguien.

El niño se arrugó discretamente y miró a su alrededor. Todos lo observaban sorprendidos.

-Es que … -dijo dudando un poco- quisiera saber si …

-¡Habla ya, por Dios! -respondió la señorita Pe, esta vez de muy mal humor.

Esteban se frotó las manos, una contra otra.

-Quisiera saber si se viene esta tarde, con Carlos y conmigo, a la cabaña que hemos construido cerca de mi casa.

Todos los niños estallaron en una gran risotada mientras que los ojos de la señorita Pe se paseaban confundidos por la clase, al tiempo que el alboroto continuaba.

La señorita Pe miró a Esteban y luego perdió la vista en la ventana donde los algodones oscuros del cielo se habían unido para producir un chisporroteo cuyas gotas diminutas saltaban a los cristales. Observó de nuevo el semblante del niño y luego sonrió mientras los demás chicos se callaban extrañados por la actitud de la maestra.

-¿Sabes? Aprovecharé para hablar con tu madre porque hace mucho tiempo que no la visito. Y de paso, tu y Carlos me enseñareis la cabaña.

Miró otra vez la ventana.

-Yo también tenía una cabaña pero, hasta ahora, lo había olvidado.

Esteban se sentó y miró sonriente las gotas de lluvia que salpicaban la ventana y que pondría de mal humor a la señora Vicenta, cuando fuera a limpiarlos.

Ya sabes… no olvides que fuiste niño.

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EL SÍNDROME DEL NIÑO ENJAULADO

ANTONIO E. CASTILLO GÓMEZ

Juan era un niño algo gordiflón, con mofletes sonrosados, ochos chisposos y alegres. Su nariz pequeña apenas resaltaba como un pequeño pegote en su cara redonda, y le daba un aspecto bonachón y simpático.

Desde hacía un buen rato, movía a desgana los indios de plástico que había encaramado a una montaña, también de plástico, cuyas cumbres blancas le quedaban muy pequeñas para el cuerpo de aquel guerrero de las praderas y que, aún sin camisa, escalaba aquellos picos nevados. El fuerte, lejos de allí, estaba parcialmente sumergido en una caja de cartón que Espe usaba para guardar las cosas que aún no había recogido cuando tocaba irse a la cama.

-Oye Juan, ¿qué haces ahí en casa?

-Pues ¿dónde quieres que esté si no en mi casa? -respondió mientras picaba pequeñas chucherías que tenía en un cuenco amarillo.

-Pues… jugando, en la calle, con los niños. Aún es de día y el sol…, ¿has mirado la luz que entra por tu ventana?

-¡Claro! Hace una tarde estupenda. No hace frío y si me asomo un poco -dijo levantando ligeramente su trasero-, oigo los gritos y las risas de… los juegos.

Juan se sentaba en la alfombra de su habitación donde sus padres habían colocado una televisión pequeñita pero de vivos colores. Su madre decía que le iba muy bien a su cuarto. Casi siempre estaba encendida y los dibujos animados volaban en su pantalla de manera que, a veces, casi sin quererlo, atraían su mirada y lo dejaban absorto contemplando los movimientos de los monigotes. Pero Juan estaba solo. ¿Solo?

-Te repito -dijo el amigo-, ¿por qué no vas a jugar a la calle?

-No sé… -dijo masticando palomitas de maíz.

-¡Ah ya!, ¿estás castigado?

-No creo. Hoy me he portado bien pero que… no puedo ir yo solo. Soy pequeño y hay peligro ahí fuera. Están los coches, los otros niños, en fin, no puedo ir solo.

-¡Claro que no puedes ir solo!, pero ¿y con mamá?

-No está.

-¿Y papá?

-No está tampoco.

-Y ¿quién te cuida?

-Pues Espe, una mujer que ayuda a mamá.

Quedó un momento pensando y luego continuó:

-Cuando llegué del cole…

-¿Desde qué hora estás en el cole? -le interrumpió su amigo.

-Desde las ocho y media de la mañana. He comido en el comedor y me ha recogido Espe sobre las cinco y media. Desde entonces estoy en mi cuarto, con mis juguetes, los dibujos y… tú.

-¿Por qué no sales con Espe a los columpios?, ¡estarán llenos de niños con los que podrás jugar!

-Tiene que limpiar y hacer la comida porque mamá y papá vienen tarde y… muy cansados. Muchas veces ya me he ido a la cama cuando ellos llegan porque… tengo que levantarme pronto para … volver al cole.

Juan se quedó quieto cuando la puerta de su habitación se abrió de par en par.

-¿Con quién hablas, Juan?

-Con nadie, Espe. Estoy jugando.

-¡Ah! -dijo Espe mirando hacia todos los rincones de la habitación-. Bueno, pues… vamos a cenar que debes acostarte pronto.

-Sí, Espe.

-¡Y no estés todo el día comiendo, que luego no cenas! -dijo mientras miraba el cuenco amarillo que parecía no ir bien con su cuarto.

-Sí, Espe.

Le llaman el síndrome del niño enjaulado, aunque esto debe ser cosa de los yankees que les gusta poner nombres raros a todo. Quizá es un poco exagerado, ¿o… no?